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" Señor, aun cuando supiera todo... " - Henri Nouwen.

" Querido Señor, aun cuando supiera todo acerca de ti, aun cuando haya estudiado todas las Escrituras con cuidado, aun cuando tengo un gran deseo y fuerza de voluntad para trabajar a tu servicio, no puedo hacer nada sin el don de tu Espíritu. Me doy cuenta, a menudo, de que la visión más clara de la vida verdadera, y el deseo más sincero de vivirla, no son suficientes para convertirme en un verdadero discípulo. Sólo cuando tu Espíritu haya penetrado en lo más profundo de mi ser
podré ser un cristiano real, un hombre que vive en ti, contigo y a través de ti.
Tú previniste a tus amigos que no debían abandonar Jerusalén, sino que debían " permanecer en la ciudad hasta que fueran investidos con el poder de lo alto "
( Lucas 24, 49 ).
Oh, Señor, rezo por el poder de tu Espíritu. Deja que este poder me invada y me transforme en un discípulo real, dispuesto a seguirte aun a donde prefiriría no ir. Amén."
( de " Palabra de amor : La búsqueda de la sanación integral ", Antología Espiritual,Henri Nouwen, Thomas Merton y Anselm Grün, Ed. Lumen ).
" El pan del servicio " .

" Si Yo que soy el Señor y Maestro les he lavado los pies, ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado ejemplo para que hagan lo mismo también ustedes. El siervo no es más que su señor, ni el enviado más que quien lo envía. Dichosos serán si, sabiendo esto, lo cumplen " ( Juan 13, 12 - 17 ).
Vivir la Eucaristía como servicio es un cambio total del sentido de jerarquía que se usa en el mundo. Dentro de la comunidad no puede haber personajes como los grandes y los jefes de las naciones que son señores y se hacen servir ( Mateo 20, 20 - 28 ; Marcos 9, 33 - 35 ; Marcos 10, 35 - 45 ).
Se trata de una actitud fundamental de servicio y humildad que debe estar presente en toda actividad de la comunidad cristiana. Así se transforma en comunidad de iguales ; en ella no hay mayores ni menores en importancia o dignidad, aunque si hay distintas tareas, carismas y ministerios ( Juan 13, 33 - 35 ; Hechos 2, 42 - 47 ; Hechos 4, 32 - 37 ;1 Corintios 12, 4 - 13, 13 ; Romanos 12, 9 - 18 ; Efesios 4, 7 - 13 ).
La actitud humilde de lavar los pies está movida por otra actitud más honda, que es la de acoger, ofrecer hospitalidad, entregar la propia persona. Lavar los pies era el acto simbólico de recibir en una comunidad de vida ( Juan 13, 1 -17 ; Lucas 22 , 24 - 27 ; Juan 12, 1 - 8 ; Lucas 7, 36 - 50 ).
Ninguna oración, ningún acto espiritual puede dispensar de hacer para todos el servicio de conseguir y distribuir el pan ; ninguna comunidad de Jesús puede quedarse tranquila y no realizar el trabajo, muchas veces fatogoso, de ganarlo y de llevarlo a la mesa de los hambrientos. La necesidad básica nos iguala a todos ; la satisfacción colectiva nos hermana. Desde una comunidad de solidaridad y servicio es posible volver a celebrar la Eucaristía con renovado sentido. Enronces la comunidad puede entonar el himno de acción de gracias y la alabanza.
La comunidad que lava los pìes a un mundo lleno de sufrimiento, es capaz de una inmensa alegría. En medio de las lágrimas y del dolor, los discípulos sienten renacer el gozo, porque Dios es fiel a sus promesas y nunca abandona a su pueblo
( Isaías 40, 1 - 11 ; Ezequiel 34, 1 - 16 ; Ezequiel 37, 1 - 14 ). Se hace posible entonces celebrar la fe, la vida, la lucha, la muerte... Este intercambio de experiencias da nuevos ánimos a la comunidad para, ya desde ahora, anticipar el final, luchando por la justicia en favor de los más marginados, y acercar la reconciliación definitiva ( 2 Pedro 3, 12 - 13 ). "
(de " Evangelizar con los símbolos : El Pan , Encuentros Catequísticos sobre la Eucaristía, Sacramento de la Comunidad ", Equipo Pastoral Claretiano, Ed. Claretiana ).
VENGAN A VER...

Si hoy nosotros le preguntamos a Cristo: ¿Dónde vives, Rabí? El nos respondería lo mismo que a las discípulos de Juan: “Vengan a ver”.
Pero ciertamente nos llevaría a donde llevó a los discípulos de Juan…
Ahora nos llevaría a las miserables chozas de cartón y de lámina que pueblan los cinturones de miseria que rodean las grandes ciudades.
Nos mostraría esos cuartos de vecindad y residenciales donde se amontonan ocho o diez seres humanos, en las condiciones más antihigiénicas para su salud física y moral.
Nos conduciría a los quicios de las puertas, donde sin más abrigo que un perro echado a sus pies, pasan la noche -cuando llegan a pasarla- los infelices enfermos.
Nos enseñaría las puertas de los cines (en muchas ciudades) o los puestos callejeros de los mercados donde, envueltos en periódicos, duermen los niños de la calle y los deambulantes.
Y no sólo veríamos dónde vive ahora Cristo, sino donde tiene hambre y sed, frío y enfermedad y falta de trabajo y ganas -quizá- de ponerse a beber, a olvidar y a morir.
Porque desde que Jesús nos dijo que lo que hiciéramos por los pobres y necesitados lo haríamos por él, Cristo vive donde viven los más desposeídos de nuestra sociedad.
AUTOR : Hno. Fernando Muñoz Álvarez.
Danos un corazón grande - Ángel Sanz Arribas, cmf
Señor y Padre nuestro,
danos un corazón grande,
capaz de reconocer en nosotros
todos y cada uno de tus dones.
Líbranos de la falsa humildad
que nos impide descubrir
en nuestra vida
la maravilla de tu acción
misericordiosa.
Enséñanos a sabernos
pequeños pero no despreciables,
siervos pero no esclavos,
pobres pero verdaderos hijos tuyos,
y a cantar
con alegría y acción de gracias
que has hecho obras grandes
en nosotros
y tu nombre es santo.
Ayúdanos a cultivar con esmero
todas las semillas que tu amor fecundo
va sembrando
en el campo de nuestra vida,
para que, gracias a la acción
de tu Espíritu,
crezcan y fructifiquen
para alabanza de tu gloria.
Te lo pedimos por medio de tu Hijo,
Cristo resucitado,
y por intercesión de María,
madre y hermana,
agraciada y agradecida,
cantora de las maravillas de Dios.
Haznos vivir siempre, como ellos,
en espíritu de bendición, de alabanza
y de acción de gracias. Amén.
FUENTE : www.ciudadredonda.org/
" Año Nuevo " - Madre Teresa de Calcuta.

" Comiencen este nuevo año con un propósito :
Vivan exclusivamente para Jesús y con Jesús y serán felices y santos a
lo largo de todo el año.
Dedíquense a la oración, a vivir en unión íntima con Dios
y en una profunda y gozosa caridad.
Sean verdaderos discípulos de Jesús en sus pensamientos,
palabras y obras :
si viven esto en sus familias, irradiarán luz a todo el mundo.
Que cada uno de nosotros tome esta decisión :
" A lo largo de este año trataré de no faltar a la Caridad. " "
( de " Los cinco minutos de la Madre Teresa ", Ed. Claretiana ).
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.
En el camino de damasco: ¿Quién eres Señor?por Tarcisio Carmona
Sacerdote de la Sociedad de San Pablo, biblista

Querido Pablo:
El episodio de tu encuentro con Jesús, mientras ibas de camino hacia Damasco,
tal vez sea uno de los episodios más conocidos de tu vida.
Muchos pintores, escultores, novelistas, etc., han representado y
hablado sobre este encuentro, comenzando por san Lucas,
quien lo menciona al menos tres veces en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hech 9,1-19; 22, 3,21; 26,9-18).
¿Pero qué nos puedes decir tú de este encuentro con el Señor?
Estimados hermanos: Lucas fue un gran amigo y colaborador mío durante los viajes que hicimos predicando el evangelio.
Muchas veces me interrogó sobre este evento y escribió el relato mejor que si yo mismo lo hubiera hecho. Sin embargo, esta experiencia se vuelve inexplicable en muchas cosas, pues fue un encuentro personal y, tratándose de las cosas de Dios, resulta casi imposible explicar con exactitud los hechos, ya que las palabras humanas no alcanzan a expresar toda la profundidad, la grandeza y el significado de un evento de esta naturaleza.
No obstante esto, ustedes saben que en mis cartas hice referencia a este encuentro en repetidas ocasiones, cuando lo creí necesario
(1Cor 9,1; 15,8-10; Gal 1,15; Flp 3,6-8.12).
Corría el año 36 d.C. Yo tendría unos 28 años de edad y ya sobresalía
entre todos los de mi generación, por ser un celoso guardián de la ley de Moisés. Después de la muerte de Esteban, muchos cristianos huyeron de Jerusalén y se refugiaron en otras ciudades, entre ellas Damasco, en Siria, a más de 200 km.
Por eso pedí cartas de autorización al sanedrín de Jerusalén para poder ir a buscar y a encarcelar a los cristianos de Damasco.
Cuando estaba a punto de llegar a la ciudad se me apareció el Señor, me tiró a tierra, me quedé ciego y me dijo lo que tenía que hacer.
¿Qué significó para mí este encuentro?
Significó todo, un nuevo proyecto de vida.
Algunos lo han entendido en la óptica de una conversión moral,
como si yo hubiera sido un pecador y a un cierto momento dejé de serlo.
Pero si se han fijado, en esos relatos de Lucas ni siquiera aparece la palabra “conversión”, pues era algo más que eso
(auque tampoco niego que hacía mal persiguiendo a la Iglesia);
pero, a pesar de todo, siempre me consideré irreprensible en cuanto al
cumplimiento de la ley, no era un pecador según la ley (Flp 3,6).
Otros piensan que aquel momento significó un cambio de bandera;
es decir: un celoso cumplidor de la ley de Moisés que cambia y se entrega
de lleno a la nueva bandera de Cristo; como un cambio de religión.
Ciertamente tuve qué repensar muchas cosas, pero no consideré al cristianismo como una nueva religión, distinta del judaísmo, sino como una continuación;
como la fe que alcanza la madurez y la plenitud.
En efecto, aún después de Damasco, yo seguí siendo judío, observante de la ley, seguía leyendo la Torá, los escritos y los profetas (Antiguo Testamento);
es más, mi predicación la apoyaba en la misma Escritura.
Así que, más que considerar al camino de Damasco como un episodio de conversión,
yo prefiero verlo como un episodio de vocación, de llamada, a la cual respondí: “Sí”. Cuando dije: “Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hech 22,10).
Pero de esto ya hablaremos más adelante.
Como siempre, me despido deseándoles paz y bien en el Señor.
Continuará…
FUENTE : www.san-pablo.com.ar/aniopaulino/
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.
Busco tu estrella, Señor

En medio del tumulto vertiginoso que se abre paso a empujones con el pretexto de Navidad, busco esa luz, Señor, que me lleve a tu primera morada de Belén.
Busco tu estrella, Señor, en medio de luces encandilantes que me hablan de Navidad.
La busco en medio del ruido ensordecedor de ofertas y promociones, de exigencias y reclamos, de bocinazos que apuran.
Entre multitudes apresuradas y acaloradas me abro paso para saber de Ti. Mis ojos buscan en vano otros. No hay miradas ni coloquios, sólo traslados y transacciones. He preguntado por tu estrella, Señor, y no hay tiempo para respuestas.
En tu nombre y con ocasión de tu cumpleaños la gente pide, se endeuda, compra, vende y gana. Regalan para presumir, celebran para cumplir y acuden a frases hechas a falta de corazón sincero.
Visitan rincones de abandono por única vez en el año y allí dejan una ayuda para gente que nunca conocerán.
Señor, busco tu estrella.
La busco en paraderos donde la gente aparece con bolsas y paquetes. La busco en tiendas y supermercados donde todo se envuelve y despacha, se agota y se repone.
Busco tu estrella en la combinación del tren subterráneo a hora punta, en una multitud de personas solitarias aprisionadas entre sí, por el ahogo, la indignidad y la impotencia.
A la siga de tu Luz me aparto a las soledades del campo y del mar, de los poblados remotos, aislados y serenos. Busco tu luz en medio del agua y la naturaleza que se resisten a la depredación, en regiones sin nombre, sin recursos y sin mapa, en caseríos hundidos en el vino y la soledad.
Busco tu estrella, Señor, allí donde duele. En la UTI pediátrica, la capilla velatoria, en la celda amarga. La busco en el hogar incompleto, en la mesa con hambre, en el rostro sin trabajo. Y entre niños y abuelos ignorados, mujeres violentadas, jóvenes incompletos por la droga y la falta de oportunidades.
Busco y busco, Señor, entre oscuridades y luces que no alumbran de verdad. Y en cada paso que doy, en cada camino nuevo, en cada dolor e inconsecuencia que hallo escondida detrás de Navidad, tu Palabra sanadora es camino, es verdad y vida en plenitud.
Para cada oscuridad tus ojos de niño nos regalan esperanza, una esperanza que no se exime de la cruz pero que vence la muerte con el amor.
Gracias, Dios, por hacerte bebé indefenso y mostrarnos tu Luz en medio de gentíos y bullicios. Gracias por tu paz y alegría.
Permíteme quedarme, Señor, aquí junto a tu estrella.
FUENTE : www. iglesia.cl/
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.
Señor de los sencillos.

Señor, los poderosos esperaban encontrarte
lleno de riquezas y viviendo en casas lujosas...
y Tú apareciste humilde y sencillo
como un pequeño
en la humilde pobreza de un portal.
Señor, los poderosos esperaban hallarte
lleno de luces, regalos y vestidos caros...
y Tú apareciste en medio de la noche
débil y recostado en un pesebre;
lleno del amor y la ternura de una madre.
Señor, los poderosos esperaban hallarte
al frente de poderosos ejércitos,
como un rey vencedor en mil batallas...
Y Tú apareciste como un bebé indefenso
para enseñarnos la fuerza de las cosas sencillas.
Señor, Tú apareciste en el llanto de un Niño;
esperanza de vida y de verdad.
Señor, enséñanos a descubrir
la sencillez y la humildad de la Navidad.

FUENTE : " Oraciones para Adviento y Navidad " /
www.salesianos.edu
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.
" El Sirviente del Rey Baltasar y el niño Jesús " - Bruno Ferrero.
" Los Reyes Magos venidos a Belén para adorar al Rey recién nacido no estaban solos. Para cargar y descargar los camellos, cada uno de ellos iba acompañado por un paje.
Como bien sabéis, uno de los Magos llevaba oro, el otro incienso y el tercero mirra. Todas las tardes los pajes descargaban sus preciosos fardos del lomo de los camellos, abrevaban a los animales y luego cumplían diligentemente los últimos deberes de la jornada.
Una noche, poco antes de acostarse, Rubén, el paje del rey Baltasar, salió a respirar una bocanada de aire y a admirar las estrellas. Esperaba ser hábil como su amo y reconocer en lo alto del firmamento al astro luminoso que los Magos seguían escrupulosamente. Pero Rubén veía en el cielo una polvareda tan densa de puntos luminosos, que pensaba que su camino era un poco azaroso, como el de un viajero que gira en redondo tratando de orientarse de alguna manera.
Entonces el paje decidió irse a dormir y, desilusionado, bajó los ojos y volvió a la tienda mirándose la punta de los zapatos. Y lo que vio brillar no estaba en el cielo, sino en la tierra, a sus pies.
Una moneda de oro, sin duda caída del tesoro de su amo.
Estaba allí, sola, y nadie se había dado cuenta. "¡Magnífico!", murmuró el paje. «También yo tendré un regalo para el Rey que vamos a visitar. Le diré: "Señor mío, he conservado esta preciosa moneda sólo para ti y te la regalo para probarte mi devoción y la fidelidad que me ligará a ti también en el futuro". "¡Mentiroso! ", gritó el paje Eleazar que estaba observándolo. "Te he visto recoger la moneda: no es tuya. Es una moneda robada".
"¡Asqueroso espía envidioso!", gritó Rubén mostrando los puños. "Si dices una palabra, me las pagarás".Los dos pajes se marcharon a dormir rabiosos.
Pero el sueño de Rubén fue agitado.
En un primer momento, se veía vestido con su vestido más bonito regalando su moneda al joven Rey coronado y se sentía feliz y honrado. Más tarde, mientras estaba en compañía de los notables del Reino, los compañeros lo denunciaban, y el Rey mandaba azotarlo y echado fuera de palacio.
Pasó un día, pasó otra noche y después otro día.
En la mañana del tercer día, el paje tenía el rostro tenso y los ojos cansados. "¿Qué tienes, mi pequeño paje?", le preguntó el rey Baltasar. "¿Has perdido algo importante? ¿Por qué tienes ese aire de preocupación?"."No me pasa nada", respondió el muchacho, que no deseaba que le preguntaran.
"Sí, sí", replicó el Rey. "Tú has perdido la cosa más importante. Has perdido la alegría de vivir y el buen humor".
Durante todo el día Rubén evitó las miradas de los otros pajes. Efectivamente, no era feliz. El silencio se había convertido en una losa pesada para todos. Nadie podía ayudarlo, al ignorar el drama que lo agitaba. Pero por la noche, mientras todos deshacían los bultos, el paje, llorando, dejó la moneda junto con las otras, en el tesoro del amo.
Cuando finalmente llegaron ante el Rey niño, los tres Magos se arrodillaron y ofrecieron sus dones. Después fueron invitados los pajes.
El primero dio al Niño un beso; el segundo, un ramito de flores del campo. Cuando llegó su turno, Rubén tenía los ojos llenos de lágrimas y, mientras alargaba los brazos para dar a entender que no tenía nada que regalar, una lágrima cayó sobre su mano vacía.
Con inmenso estupor, todos vieron al Niño despertarse, posar su manita en las del paje y estrechadas. Después el Niño sonrió y el paje abrió su mano. La lágrima se había transformado en una perla que llenó de resplandores la estancia. Y en el cielo los ángeles se pusieron a cantar. "
FUENTE : www.ciudadredonda.org/
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.
Tercera predicación de Adviento del Predicador del Papa
A Benedicto XVI y a la Curia Romana
P. Raniero Cantalamessa - Tercera Predicación de Adviento.
Tercera predicación de Adviento
"Cuando llegó la plenitud de los tiempos Dios
envió a su Hijo nacido de una mujer" ( Gálatas 4, 4 ).

1. Pablo y el dogma de la encarnación
Pongamos en primer lugar, también esta vez, el pasaje paulino sobre el que vamos a meditar:
"Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios" (Gal 4, 4-7).
Escucharemos a menudo este pasaje en el tiempo navideño, comenzando por las Primeras Vísperas de la solemnidad de Navidad. Digamos ante todo algo sobre las implicaciones teológicas de este texto. Es el pasaje que más se acerca, en el corpus paulino, a la idea de preexistencia y de encarnación. La idea de "envío" ("Dios mandó, exapesteilen, a su Hijo") se pone en paralelo con el envío del Espíritu del que se habla dos versículos después y recuerda lo que en el Antiguo Testamento se dice del envío de la Sabiduría y del santo Espíritu sobre el mundo por parte de Dios (Sab 9, 10.17). Estos acercamientos indican que no se trata de un envío "desde la tierra", como en el caso de los profetas, sino "desde el cielo".
La idea de la preexistencia del Cristo está implícita en los textos paulinos en los que se habla de una función de Cristo en la creación del mundo (1 Cor 8,6; Col 1, 15-16) y cuando Pablo dice que la roca que seguía al pueblo en el desierto era Cristo (1 Cor 10,4). La idea de la encarnación, a su vez, es subyacente en el himno cristológico de Filipenses, 2: "El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo".
A pesar de esto, hay que admitir que preexistencia y encarnación en Pablo son verdades en gestación, que aún no han llegado a su formulación plena. El motivo es que el centro de interés y el punto de partida de todo es para él el misterio pascual, es decir, lo realizado, más que la persona del Salvador. Lo contrario de Juan, para quien el punto de partida y el epicentro de la atención es precisamente la preexistencia y la encarnación.
Se trata de dos "vías" o recorridos distintos, en el descubrimiento de quién es Jesucristo: uno, el de Pablo, parte de la humanidad para lle gar a la divinidad, de la carne para llegar al Espíritu, de la historia de Cristo, para llegar a la preexistencia de Cristo; el otro, el de Juan, sigue el camino inverso: parte de la divinidad del Verbo para llegar a su existencia en el tiempo; una pone como bisagra entre las dos fases la resurrección de Cristo, y la otra ve el paso de un estado al otro en la encarnación.
Apenas se pasa a la época sucesiva, ambas vías tienden a consolidarse dando lugar a dos modelos o arquetipos y finalmente a dos escuelas cristológicas: la escuela de Antioquía que se refiere preferentemente a Pablo, y la escuela de Alejandría, que se refiere con preferencia a Juan. Ninguno de los seguidores de una u otra vía tiene conciencia de elegir entre Pablo y Juan; ambos están seguros de tenerlos de su parte. Esto es cierto, pero es un hecho que las dos influencias persisten visibles y distinguibles como dos río s que, aun confluyendo juntos, siguen distinguiéndose por el color distinto de sus aguas respectivas.
Esta diferenciación se refleja por ejemplo en la forma diversa con que se interpreta, en las dos escuelas, la kenosis de Cristo de Filipenses 2. Hasta el siglo II-III se delinean, en este texto, dos lecturas diversas que se vuelven a encontrar también en la exégesis moderna. Según la escuela de Alejandría, el sujeto inicial del himno es el Hijo de Dios preexistente en la forma de Dios. La kenosis por eso, en este caso, consistiría en la encarnación, en el hacerse hombre. Según la interpretación dominante en la escuela de Antioquía, el sujeto único del himno desde el principio hasta el final es el Cristo histórico, Jesús de Nazaret. En este caso la kenosis consistiría en el abajamiento inherente a su hacerse siervo, en someterse a la pasión y a la muerte.
La diferencia entre ambas escuelas no es tanto que algunos sigan a Pablo y otros a Juan, sino que algunos interpretan a Juan a la luz de Pablo y otros interpretan a Pablo a la luz de Juan. La diferencia está en el esquema, o en la perspectiva de fondo, que se adopta para ilustrar el misterio de Cristo. En la confrontación entre ambas escuelas podemos decir que se han formado las líneas maestras del dogma y de la teología de la Iglesia, que han permanecido activas hasta ahora.
2. Nacido de mujer
El relativo silencio sobre la encarnación comporta, en Pablo, un silencio casi total sobre María, la Madre del Verbo encarnado. El inciso "nacido de una mujer" (factum sub muliere) de nuestro texto es la alusión más explícita que se tiene de María en el corpus paulino. Esta es el equivalente de la otra expresión: "nacido del linaje de David según la carne", "factum ex semine David secundum carnem" (Rom 1,3).
Aún escueta,, sin embargo, esta afirmación de Pablo es importantísima. Esta fue uno de los puntos clave en la lucha contra el docetismo gnóstico, desde el siglo II en adelante. Dice de hecho que Jesús no es una aparición celeste; gracias a su nacimiento de una mujer, él está inserto plenamente en la humanidad y en la historia, "del todo semejante a los hombres" (Fl 2, 7). "¿Por qué decimos que Cristo es hombre, escribe Tertuliano, sino porque nació de María, que es una criatura humana?". Pensándolo bien, "nacido de una mujer" es más adecuado para expresar la verdadera humanidad de Cristo que no el título "hijo del hombre". En sentido literal, Jesús no es hijo del hombre, no ha tenido por padre a un hombre, pero sí es realmente "hijo de la mujer".
El texto paulino estará también en el centro del debate sobre el título de Madre de Dios (theotokos) en las disputas cristológicas posteriores, lo que explica por qué la liturgia nos lo hace escuchar en la segunda lectura de la misa de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, el 1 de enero.
Hay que resaltar un dato. Si Pablo hubiera dicho: "nacido de María", se habría tratado sólo de un detalle biográfico; habiendo dicho "nacido de una mujer", ha dado a su afirmación un carácter universal e inmenso. Es la mujer misma, toda mujer, la que ha sido elevada en María a tan increíble altura. María es aquí la mujer por antonomasia.
3. "¿En qué me afecta a mí que Cristo haya nacido de María?"
Estamos meditando el texto paulino ante la inminente Navidad y en el espíritu de la lectio divina. Por ello, no podemos detenernos mucho en el dato exegético, sino que tras haber contemplado la verdad teológica contenida en el texto, debemos extraer de él enseñanzas para nuestra vida espiritual, iluminando el "para mí" de la palabra de Dios.
Una frase de Orígenes, retomada por san Agustín, san Bernardo, Lutero y otros, dice: "¿Qué me aprovecha a mí que Cristo haya nacido una vez de María en Belén, si no nace también por fe en mi alma?". La maternidad divina de María se realiza en dos planos: en un plano físico y en un plano espiritual. María es la Madre de Dios no sólo porque le ha llevado físicamente en el seno, sino también porque le ha concebido antes en el corazón, con la fe. No podemos, naturalmente, imitar a María en el primer sentido, engendrando de nuevo a Cristo, pero podemos imitarla en el segundo sentido, que es el de la fe. Jesús mismo comenzó esta aplicación a la Iglesia del título de "Madre de Cristo", cuando declaró: "Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen" (Lc 8, 21; cf. Mc 3, 31 s; Mt 12, 49).
En la tradición, esta verdad ha conocido dos niveles de aplicación complementarios entre ellos, uno de tipo pastoral y el otro de tipo espiritual. En un caso, se ve realizada esta maternidad de la Iglesia en su conjunto en cuanto "sacramento universal de salvación"; en el otro, se realiza en cada persona o alma que cree.
Un escritor de la Edad Media, el Beato Isaac del monasterio de Stella, hizo una especie de síntesis de todos estos motivos. En una homilía famosa que leímos en la Liturgia de las Horas del pasado sábado, escribe: "María y la Iglesia son una madre y y varias madres; una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres y ambas vírgenes... por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas, se entiende con razón como dicho en singular de la virgen madre María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la virgen madre María... también se considera con razón a cada alma fiel como esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda" (Discurso 51).
El Concilio Vaticano II se pone en la primera perspectiva cuando escribe: "La Iglesia... se convierte también en madre, ya que con la predicación y el bautismo genera en una vida nueva e inmortal a sus hijos, concebidos por obra del Espíritu santo y nacidos de Dios" (Lumen gentium 64).
Nos concentramos en la aplicación personal a cada alma: "Toda alma que cree, escribe san Ambrosio, concibe y engendra al Verbo de Dios... Si según la carne una sola es la Madre de Cristo, según la fe, todas las almas engendran a Cristo cuando acogen la Palabra de Dios" (Exposición del Evangelio según san Lucas, II, 26). Le hace eco otro padre de oriente: "Cristo nace siempre místicamente en el alma, tomando carne de aquellos que se salvan y haciendo del alma que lo engendra una madre virgen" (Máximo Confesor, Comentario al Padrenuestro).
Cómo uno se convierte concretamente en madre de Jesús, nos lo indica él mismo en el Evangelio: escuchando la Palabra y poniéndola en práctica(cf. Lc 8,21; Mc 3, 31 s.; Mt 12,49). Reconsideremos, para comprenderlo, cómo se convirtió María en madre: concibiendo a Jesús y pariéndolo. En la Escritura vemos subrayados estos dos momentos: "La Virgen concebirá y dará a luz un hijo", se lee en Isaías, y "Concebirás y darás a luz a un Hijo", dice el ángel a María.
Hay dos maternidades incompletas o dos tipos de interrupción de la maternidad. Una es antigua y conocida, el aborto. Éste sucede cuando se concibe una vida pero no se da a luz, porque en el entretanto, por causas naturales o por el pecado del hombre, el feto está muerto. Hasta hace poco tiempo, este aborto era el único caso que se conocía de maternidad incompleta. Hoy se conoce otro que consiste, al contrario, en parir un hijo sin haberlo concebido. Sucede en el caso de los hijos concebid os en probeta e insertados, en un segundo momento, en el seno de una mujer, y en el caso del útero prestado para hospedar, incluso pagando, vidas humanas concebidas en otro lugar. En este caso, lo que la mujer da a luz no viene de ella, no es concebido "antes en el corazón que en el cuerpo".
Por desgracia, también en el plano espiritual existen estas dos tristes posibilidades de maternidad incompleta. Concibe Jesús sin darlo a luz quien acoge la Palabra sin ponerla en práctica, quien sigue haciendo un aborto espiritual tras otro, formulando propósitos de conversión que son sistemáticamente olvidados y abandonados a mitad camino; quien se comporta ante la Palabra como el observador apresurado que mira su cara en el espejo y después se olvida en seguida de cómo era (cf. St 1, 23-24). En suma, quien tiene fe pero no tiene obras.
Da a luz en cambio a Cristo sin habe rlo concebido quien hace tantas obras, incluso buenas, pero que no vienen del corazón, del amor a Dios y de la recta intención, sino de la costumbre, de la hipocresía, de la búsqueda de su propia gloria y de su propio interés, o sencillamente de la satisfacción que da el hacer. En suma, el que tiene obras pero no tiene fe.
San Francisco de Asís tiene una palabra que resume, en positivo, en qué consiste la verdadera maternidad de Cristo: "Somos madres de Cristo - dice - cuando lo llevamos en el corazón y en el cuerpo por medio del amor divino y de la pura y sincera conciencia; lo engendramos a través de las obras santas, que deben resplandecer ante los demás como ejemplo... Oh, qué santo y querido, agradable, humilde, pacífico, dulce, amable y deseable sobre toda otra cosa, tener un hermano y un hijo semejante, nuestro Señor Jesucristo" (Carta a los fiel es, 1). Nosotros -quiere decir el santo- concebimos a Cristo cuando lo amamos con sincero corazón y con conciencia recta, y lo damos a luz cuando realizamos obras santas que lo manifiestan al mundo.
4. Las dos fiestas del Niño Jesús
San Buenaventura, discípulo e hijo del Pobrecito, recogió y desarrolló este pensamiento en un opúsculo titulado "Las cinco fiestas del Niño Jesús". En la introducción al libro, relata como un día, mientras estaba de retiro en el monte Verna, le vino a la mente lo que dicen los Santos Padres, o sea, que el alma devota de Dios, por gracia del Espíritu Santo y el poder del Altísimo, puede concebir espiritualmente al Verbo bendito y al Hijo Unigénito del Padre, parirlo, ponerle nombre, buscarlo y adorarlo con los Magos y finalmente presentarlo felizmente a Dios Padre en su templo.
De estos cinco momentos, o fiestas del Niño Jesús, que el alma debe revivir, nos interesan sobre todo las dos primeras: la concepción y el nacimiento. Para san Buenaventura, el alma concibe a Jesús cuando, descontenta con la vida que lleva, estimulada por inspiraciones santas e inflamada de ardor santo, cansada de sus viejas costumbres y defectos, es como fecundada espiritualmente por la gracia del Espíritu Santo y concibe el propósito de una vida nueva. ¿Ha tenido lugar la concepción de Cristo!
Una vez concebido, el bendito Hijo de Dios nace en el corazón, siempre que, tras haber hecho un sano discernimiento, pedido oportuno consejo, invocado la ayuda de Dios, el alma pone inmediatamente por obra su santo propósito, comenzando a realizar lo que desde hacía tiempo estaba madurando, pero que había dejado para más adelante por miedo a lo ser capaz de ello.
Pero es necesario insistir en una cosa: este propósito de vida debe traducirse, sin duda, en algo concreto, en un cambio, posiblemente también externo y visible, de nuestra vida y costumbres. Si el propósito no se pone en práctica, Jesús ha sido concebido pero no dado a luz. Es uno de tantos abortos espirituales. No se celebrará nunca la "segunda fiesta" del Niño Jesús que es la Navidad. Es uno de tantos casos que son una de las razones principales por las que tan pocos llegan a santos.
Si decides cambiar de estilo de vida y entrar a formar parte de esa categoría de pobres y humildes, que como María buscan solo encontrar gracia ante Dios, sin importarle agradar a otros hombres, entonces, escribe san Buenaventura, debes armarte de valor, porque te hará falta. Deberás afrontar dos tipos de tentación. Se te presentarán ante todo los hombres carnales de tu ambie nte y te dirán: "Es demasiado duro lo que pretendes, no lo conseguirás, te faltarán las fuerzas, perderás la salud; estas cosas no se adecuan a tu estado, comprometes tu buen nombre y la dignidad de tu cargo"....
Superado este obstáculo, se presentarán otros con fama de ser, o incluso que son de hecho, personas pías y religiosas, pero que no creen verdaderamente en el poder de Dios y de su Espíritu. Estas te dirán que, si empiezas a vivir de esta forma -dando tanto espacio a la oración, evitando tomar parte en distracciones y habladurías inútiles, haciendo obras de caridad-, serás considerado pronto un santo, un hombre devoto y espiritual, y dado que sabes perfectamente que no lo eres, acabarás engañando a la gente y siendo un hipócrita, atrayendo sobre tí la reprobación de Dios que escruta los corazones.
A todas estas tentaciones, es necesario responder con fe: "No es demasiado corta la mano del Señor para salvar" (Is 59, 1) y, casi enfadándonos con nosotros mismos, exclamar, como Agustín en la vigilia de su conversión: "Si estos y estas pueden ¿por que yo no? Si isti et istae, cur non ego? " (Confesiones)
5. María dijo "sí"
El ejemplo de la Madre de Dios nos sugiere qué hacer en concreto para imprimir a nuestra vida espiritual este nuevo empuje, para concebir y dar a luz verdaderamente en nosotros a Jesús esta Navidad. María dijo un "sí" decidido y pleno a Dios. Se insiste mucho en el Fiat de María, en María como "la Virgen del fiat". Pero María no hablaba latín y por eso no dijo fiat, no dijo siquiera genoito, que es la palabra que encontramo s, a este punto, en el texto griego de Lucas porque no hablaba griego.
Si es lícito remontarse, con pía reflexión, a la ipsissima vox, a la palabra misma que salió de la boca de María -o al menos a la palabra que estaba en la fuente judía usada por Lucas-, esta debió ser la palabra amén. Amén, palabra hebrea cuya raíz significa solidez, certeza - se usaba en la liturgia como respuesta de fe a la palabra de Dios. Cada vez que, al término de ciertos salmos, en la Vulgata se leía antes fiat, fiat , ahora en la nueva versión de los textos originales se lee: Amén, Amén. Lo mismo para la palabra griega: cada vez que en la Biblia de los Setenta se lee en esos mismos salmos génoito, génoito, el original griego lleva: Amén, amén.
Con el "amén" se reconoce lo que se ha dicho como palabra firme, estable, válida y vinculante. Su traducción exacta, como respuesta a la palabra de Dios, es: "Así sea, así sea". Indica fe y obediencia conjuntamente; reconoce que lo que Dios dice es cierto y se somete a ello. Es decir "sí" a Dios. En este sentido lo encontramos en la misma boca de Je´sus: "Si, amén, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito" (cf. Mt 11, 26). Él es el Amén personificado: "Así habla el Amén" (Ap 3, 14) y por medio de él, añade Pablo, todo amén pronunciado en la tierra sube a Dios (cf 2 Cor l, 20).
En casi todas las lenguas humanas la palabra que expresa el consenso es un monosílabo: "sí", "ja", "yes", "oui", "tag"... La palabra más corta del vocabulario, pero aquella con que tanto los novios como los consagrados deciden su vida para siempre. También en el rito de la profesión religiosa y de la ordenación sacerdotal hay un momento en que se pronuncia un "sí".
Hay un detalle en el Amén de María que es importante señalar. En las lenguas modernas usamos el modo indicativo para señalar que algo ha sucedido o sucederá, el modo condicional para indicar algo que podría suceder en ciertas condiciones, etc.; el griego tiene un modo particular que se llama optativo. Es un modo que se usa cuando se quiere expresar deseo o impaciencia de que algo suceda. El verbo usado por Lucas, genoito, está precisamente en este modo.
San Pablo dice que "Dios ama al que da con alegría" (2 Cor 9, 7) y María dijo a Dios su "sí" con alegría. Pidámosle que nos obtenga la gracia de decir a Dios un "sí" alegr e y renovado, y así concebir y dar a luz también nosotros en esta Navidad a su Hijo Jesucristo.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]
FUENTE : www.zenit.org/
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.
LAS CUATRO OPERACIONES.

SUMA tu perdón con el olvido,
a fin de que des una lección de paz a tus ofensores,
Entonces,
serás simple coo un NIÑO.
RESTA tu altanería y enciende la antorcha de la humildad
para alumbrar tu noche y extinguir las tinieblas de tu orgullo,
Entonces,
serás digno como un HOMBRE.
MULTIPLICA tu Fe para que construyas un mundo de luz
donde la maldad no tenga lugar para vivir.
Entonces,
serás bueno como un SANTO.
DIVIDE tu amor entre tus semejantes
dando la mayor parte a los que te quieren mal.
Entonces,
serás grande como un DIOS

FUENTE : María Eugenia Caggero Pendola ( Grupo " Amigos Católicos " ).
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.
Seguir tus huellas.

Jesús, en este tiempo de navidad
quiero vivir siguiendo tus huellas
de amigo cercano, compañero y maestro.
Quiero vivir imitando tu vida.
Quiero ser humilde y sencillo
como lo fuiste Tú en Belén.
Quiero vivir devolviendo la alegría a los tristes.
Quiero vivir compartiendo ilusiones.
Quiero vivir realizando tus gestos de ayuda.
Quiero vivir siendo sincero y honesto.
Quiero vivir ofreciendo mis mejores deseos.
Jesús, quiero vivir siguiendo tus huellas
de amigo, compañero y maestro.
Quiero vivir recordando tus palabras.
Quiero vivir anunciando tu Buena Noticia.
Quiero vivir mirando la vida alegría.
Quiero vivir perdonando.
Quiero vivir pronunciando palabras de vida.
¡Quiero ser tu testigo, Señor, amigo y maestro !.
FUENTE : www.salesianos.edu/
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.
Navidad en Greccio -
Primera representación al vivo del nacimiento de Jesús.
El Padre Francisco le dijo a su amigo, Juan Velita:
"En Greccio, en la selva vecina se encuentra una gran caverna.
Hazme el placer de llevar a ella en la noche de Navidad un buey y un asnillo, semejantes a los de Belén. Porque es mi última Navidad en la tierra y deseo ver en qué sencillez nació Cristo para salvar a los hombres y para salvarme a mi, pobre pecador...
- A tus órdenes, Padre Francisco -respondió el señor Velita-.
Todo se hará según tus deseos. Besó la mano del santo y se marchó.
El hermano Pacífico los acompañaría con su laúd y el Padre Silvestre oficiaría la misa.
La víspera de Navidad, el señor Velita nos mandó decir que todo estaba dispuesto y que podíamos ir. A medianoche, nos pusimos en camino, acompañados de algunos hermanos, entre ellos, Bernardo, maese Pedro, Maseo y el Padre Silvestre.
Pacífico caminaba junto a Francisco, llevando su laúd en bandolera.
El aire estaba helado y el cielo lucía una gran pureza.
Las estrellas bajaban y casi rozaban la tierra.
Cada uno de nosotros tenía una sobre la cabeza.
Francisco caminaba como bailando.
De pronto, se detuvo:
-"¡Hermanos, qué dicha, qué dicha inmensa acaba de ser concedida a los hombres!
¿Os dais cuenta de lo que veremos? ¡A Dios niño!
¡A la Virgen María amamantando a Dios! ¡A los ángeles del Cielo,
Cantando el hosanna!
Hermano Pacífico, te ruego que tomes tu laúd y cantes:
"Y ella parió a su hijo primogénito y ella lo amamantó y lo acostó en un pesebre".
FRANCISCO se inclinó y me dijo al oído:
No puedo contener mi alegría, hermano León.
¡Mira qué bien camino! Ya no siento dolor en los pies.
Esta noche he soñado que la Virgen María dejaba al Niño Divino en mis brazos,
Los campesinos de las aldeas vecinas se habían reunido en la selva y sus antorchas iluminaban los árboles. La gruta estaba ya llena de gente.
Francisco bajó la cabeza y entró, seguido de todos los hermanos.
En el fondo, cerca de la cuna llena de paja, había un asno y un buey que rumiaba tranquilamente. El Padre Silvestre se detuvo ante la cuna divina, como ante un altar, y se puso a decir la misa. Y cuando el Padre Silvestre, que leía el Evangelio, llegó al pasaje que dice:
"Gloria a Dios en las alturas, paz en la tierra a los hombres de buena voluntad", una claridad azul iluminó la cuna y todos pudieron ver a Francisco inclinarse y después incorporarse con un recién nacido en los brazos.
Los campesinos, transportados, gimieron blandiendo sus antorchas.
Nos arrojamos al suelo, deslumbrados por el milagro.
Alcé la cabeza y vi al niño tender sus brazos y acariciar las mejillas y la barba de Francisco, sonriendo y agitando sus pies menudos.
Después Francisco lo alzó ante las antorchas encendidas y gritó:
-"¡Hermanos, éste es el Salvador del mundo... !".
Entonces, en su exaltación, los campesinos se precipitaron
sobre él para tocar al Niño. Pero en ese instante,
la claridad azul se extinguió, la cuna volvió a hundirse en la
sombra y advertimos que Francisco había desaparecido,
llevándose al recién nacido.
Los campesinos se precipitaron afuera con sus luces y lo buscaron en la selva.
Pero fue en vano. El cielo empezaba a blanquear, la estrella de la mañana brillaba
y bailaba en Oriente, solitaria. Había nacido el día.
Después encontré a Francisco en la puerta de su choza, con el rostro vuelto hacia Belén".

(De “El pobre de Asís”, Tomado de la revista mensual El Santo,
diciembre 2008, nº 748 ).
http://www.revistaecclesia.com/
" Te esperamos... ".

“Te esperamos de día, viniste por la noche,
cuando dormía el mundo y todo su fragor,
cuando en el cielo negro miraban las estrellas
a la estrella más clara que nunca nadie vio.
Pensamos que venías, tal vez, sobre esa estrella,
montado como un héroe, con fuego y con poder,
pero viniste pobre, pequeño y olvidado,
acunado en los brazos de una frágil mujer.
Pensamos que traías espada justiciera
y el brazo enarbolado de fuerza y esplendor,
pero llegaste quedo, sin más ruido que el llanto,
y en un viejo pesebre tu padre te acunó.
Creímos que vendrías vestido de relámpagos,
que tu brazo sería un sable destructor,
pero yaces callado, sólo envuelto en pañales,
mientras la estrella clara te viste de blancor.
Supimos por el ángel que eras el esperado,
que tu gloria no es esa que esperábamos ver,
que tu luz y armadura no son las de este mundo,
sino las del reinado que has venido a traer.
¡Ahora, niño hermoso, sonríele a la aurora,
que la buena noticia recorra el nuevo sol!
Los magos y pastores, el mundo entero llega
a los pies del pesebre para alabar tu amor. “
( Autor desconocido ).
ENVIÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.
Segunda predicación de Adviento del Predicador del Papa
A Benedicto XVI y a la Curia Romana

Publicamos la segunda predicación de Adviento a la Curia Romana que, en presencia de Benedicto XVI, ha pronunciado el padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, en la capilla "Redemptoris Mater" del palacio apostólico del Vaticano.
Segunda predicación de Adviento
"Llamados por Dios a la comunión con su Hijo Jesucristo"
Para permanecer fieles al método de la ‘lectio divina', tan recomendada por el reciente Sínodo de lo s obispos, escuchemos las palabras de san Pablo sobre las que reflexionaremos en esta meditación:
"Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús" (Filipenses 3, 7-12).
1. "Para que pueda conocerlo a Él..."
La semana pasada meditamos sobre la conversión de Pablo como una metanoia, un cambio de mente, en el modo de concebir la salvación. Pablo sin embargo no se convirtió a una doctrina, aunque fuera una doctrina de justificación mediante la fe; ¡Se convirtió a una persona! Antes que un cambio de pensamiento, el suyo fue un cambio de corazón, el encuentro con una persona viva. Se usa a menudo la expresión "flechazo" para denominar un amor a primera vista que elimina todo obstáculo; en ningún caso esta metáfora es tan apropiada como en san Pablo.
Veamos cómo este cambio de corazón asoma en el texto apenas escuchado. Habla del "bien supremo" (hyperechon) de conocer a Cristo y se sabe que, en este caso, como en toda la Biblia, conocer no indica un descubrimiento sólo intelectual, un hacerse una idea de algo, sino un lazo vital íntimo, un entrar en relación con el objeto conocido. Lo mismo vale en el caso de la expresión "...para conocerle a él, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos". "conocer la participación en sus sufrimientos" no significa, evidentemente, tener una idea de los mismos, sino experimentarlos.
Por casualidad leí este pasaje en un momento especial de mi vida en el que me encontraba también yo ante una elección. Me había ocupado de Cristología, había escrito y leído mucho sobre este argumento, pero cuando leí "para conocerle a él", comprendí de golpe que aquel simple pronombre personal "él" (autòn) contenía más verdades sobre Jesucristo que todos los libros escritos o leídos sobre Él. Comprendí que, para el apóstol, Cristo no era un conjunto de doctrinas, de herejías, de dogmas: era una persona viva, presente y realísima que se podía designar con un simple pronombre, como se hace, cuando se habla de alguien que está presente, señalándolo con el dedo.
El efecto del enamoramiento es doble. Por una parte, pone en obra una drástica reducción del interés en uno, una concentración sobre la persona amada que hace pasar a un segundo plano todo el resto del mundo; por otra, hace capaces de sufrir cualquier cosa por la persona amada, aceptar la pérdida de todo. Vemos ambos efectos realizados a la perfección en el momento en el que el Apóstol descubre a Cristo: por él, dice, "perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo".
Ha aceptado la pérdida de sus privilegios de "judío entre los judíos", la estima y la amistad de sus maestros y connacionales, el odio y la conmiseración de quienes no comprendían cómo un hombre como él hubiera podido dejarse seducir por una secta de fanáticos sin arte ni parte. La segunda Carta a los Corintios incluye la enumeración impresionante de todo lo sufrido por Cristo (cf. 2 Cor 11, 24-28).
El Apóstol encontró él mismo la única palabra que encierra todo: "conquistado por Cristo". Se podría traducir también ‘aferrado', ‘fascinado', o con una expresión de Jeremías, "seducido" por Cristo. Los enamorados no se cortan; lo han hecho tantos místicos en el colmo de su ardor. No tengo dificultad, por tanto, para imaginar a un Pablo que, en un ímpetu de alegría, tras su conversión, grita él solo a los árboles o, a la orilla del mar, lo que más tarde escribirá a los filipenses: "¡He sido conquistado por Cristo! ¡He sido conquistado por Cristo!".
Conocemos bien las frases lapidarias y llenas de significado del Apóstol que a cada uno le gustaría poder repetir en la propia vida: "Para mí vivir es Cristo" (Fil 1,21), y "No soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20).
2. "En Cristo"
Ahora, siendo fiel a lo anunciado en el programa de estas predicaciones, querría destacar lo que, sobre este punto, el pensamiento de Pablo puede significar, primero para la teología de hoy y luego para la vida espiritual de los creyentes.
La experiencia personal llevó a Pablo a una visión global de la vida cristiana que él denomina "en Cristo" (en Christō). La fórmula se repite 83 veces en el corpus paulino, sin contar la expresión afín "con Cristo" (syn Christō) y las expresiones pronominales equivalentes "en él" o "en aquel que".
Es casi imposible traducir con palabras el rico contenido de estas frases. La preposición "en" tiene un significado unas veces local, otras temporal (en el momento en el que Cristo muere y resucita), otras instrumental (por medio de Cristo). Describe la atmósfera espiritual en la que el cristiano vive y actúa. Pablo aplica a Cristo lo que, en el discurso al Areópago de Atenas, dice de Dios, citando a un autor pagano: "En Él vivimos, nos movemos y existimos" (Hechos 17, 28). Más tarde, el evangelista Juan expresará la misma visión con la imagen del "permanecer en Cristo" (Juan 15, 4-7).
A estas expresiones recurren aquellos que hablan de mística paulina. Frases como "Dios ha reconciliado en sí el mundo en Cristo" (2 Cor 5,19) son totalizadoras, no dejan fuera de Cristo nada ni a nadie. Decir que los creyentes están "llamados a ser santos" (Romanos 1,7) equivale para el Apóstol a decir que están "llamados por Dios a la comunión con su Hijo Jesucristo" (1 Cor 1,9).
Justamente, también en el mundo protestante, hoy se empieza a considerar la visión sintetizada, en la expresión "en Cristo" o "en el Espíritu", como más central y representativa del pensamiento de Pablo que la misma doctrina de la justificación mediante la fe.
El año paul ino podría revelarse la ocasión providencial para cerrar todo un periodo de discusiones y enfrentamientos ligados más al pasado que al presente, y abrir un nuevo capítulo en el uso del pensamiento del Apóstol. Volver a usar sus cartas, y en primer lugar la Carta a los Romanos, para el fin para el que fueron escritas que no era, ciertamente, el de proporcionar a las generaciones futuras una palestra en la que ejercitar su agudeza teológica, sino el de edificar la fe de la comunidad, formada en su mayoría por gente sencilla e iletrada. "Ansío veros --les dice a los romanos--, a fin de comunicaros algún don espiritual que os fortalezca, o más bien, para sentir entre vosotros el mutuo consuelo de la común fe: la vuestra y la mía" (Rom 1, 11-12).
3. Más allá de la Reforma y la Contrarreforma
Es t iempo, creo, de ir más allá de la Reforma y más allá de la Contrarreforma. Lo que está en juego, a principios del tercer milenio, no es ya lo mismo del inicio del segundo milenio, cuando se produjo la separación entre oriente y occidente, y ni siquiera de la mitad del milenio, cuando se produjo, dentro de la cristiandad occidental, la separación entre católicos y protestantes.
Por dar un solo ejemplo, el problema no es ya el de Lutero de cómo liberar al hombre del sentimiento de culpa que lo oprime, sino cómo devolver al hombre el verdadero sentido del pecado que ha perdido totalmente. ¿Qué sentido tiene seguir discutiendo sobre "cómo se da la justificación del impío", cuando el hombre está convencido de que no necesita ninguna justificación y declara con orgullo: "Yo mismo hoy me acuso y sólo yo puedo absolverme, yo el hombre?" [1] .
Yo creo que todas las discusiones de siglos entre católicos y protestantes, en torno a la fe y a las obras, han acabado por hacernos perder de vista el punto principal del mensaje paulino, desplazando a menudo la atención de Cristo a las doctrinas sobre Cristo, en práctica, de Cristo a los hombres. Lo que al Apóstol urge sobre todo a afirmar en Romanos 3 no es que estamos justificados por la fe, sino que estamos justificados por la fe en Cristo; no es tanto que estamos justificados por la gracia, cuanto que estamos justificados por la gracia de Cristo. El acento es sobre Cristo, más todavía que sobre la fe y sobre la gracia.
Tras haber presentado en los capítulos precedentes de la Carta a la humanidad en su universal estado de pecado y perdición, el Apóstol tiene el increíble valor de proclamar que esta situación ahora ha cambiado radicalmente "en virt ud de la redención realizada por Cristo", "por la obediencia de un solo hombre" (Rom 3, 24; 5, 19). La afirmación de que esta salvación se recibe por fe, y no por las obras, es importantísima, pero viene en segundo lugar, no en primero. Se ha cometido el error de reducir a un problema de escuelas, dentro del cristianismo, lo que era para el Apóstol una afirmación de alcance más amplio, cósmico, universal.
Este mensaje del Apóstol sobre la centralidad de Cristo es de gran actualidad. Muchos factores llevan en efecto a poner entre paréntesis hoy su persona. Cristo no se cuestiona hoy en ninguno de los tres diálogos más vivaces en curso entre la Iglesia y el mundo. Ni en el diálogo entre fe y filosofía, porque la filosofía se ocupa de conceptos metafísicos, no de realidades históricas como la persona de Jesús de Nazaret ; ni en el diálogo con la ciencia, con la cual se puede únicamente discutir de la existencia o no de un Dios creador, de un proyecto por debajo de la evolución; ni, en fin, en el diálogo interreligioso, que se ocupa de aquello que las religiones pueden hacer juntas, en el nombre de Dios, por el bien de la humanidad.
Pocos, incluso entre los creyentes, cuando se les pregunta en qué creen, responderían: creo que Cristo murió por mis pecados y resucitó para mi justificación. La mayoría respondería: creo en la existencia de Dios, en una vida después de la muerte. Y sin embargo para Pablo, como para todo el Nuevo Testamento, la fe que salva es sólo aquella en la muerte y resurrección de Cristo: "Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo" (Rom 10, 9) .
El mes pasado, tuvo lugar aquí en el Vaticano, en la Casina Pío IV, un simposio promovido por la Academia Pontificia de las Ciencias, con el título "Puntos de vista científicos en torno a la evolución del universo y de la vida", en el que participaron los máximos científicos de todo el mundo. Quise entrevistar, para el programa que dirijo cada sábado por la tarde en TV sobre el evangelio, a uno de los participantes, el profesor Francis Collins, director del grupo de investigación que llevó en el año 2000 al completo desciframiento del genoma humano. Sabiendo que era creyente, le hice, entre otras, la pregunta: "¿Usted creyó primero en Dios o en Jesucristo?".
Respondió: "Hasta cuando tenía más o menos 25 años era ateo, no tenía una preparación religiosa, era un científico que reducía casi todo a ecuaciones y leyes de física. Pero, como médico, empecé a ver a la gente que debía afrontar el problema de la vida y de la muerte, y esto me hizo pensar que mi ateísmo no era una idea arraigada. Empecé a leer textos sobre las argumentaciones racionales de la fe, que no conocía. Primero, llegué a la convicción de que el ateísmo era una alternativa menos aceptable. Poco a poco, llegué a la conclusión de que debe existir un Dios que ha creado todo esto pero no sabía cómo era este Dios".
Es instructivo leer, en su libro "El lenguaje de Dios", cómo superó este impasse: "Me resultaba difícil echar un puente hacia este Dios. Cuanto más aprendía a conocerlo, más su pureza y santidad me parecían inaccesibles. En esta amarga conciencia, llegó la persona de Jesucristo. Había pasado más de un año desde que decidí creer en alguna especie de Dios, y ahora había llegado la rendición de cuentas. En una hermosa mañana de otoño, mientras por primera vez, paseando por las montañas, me dirigía al oeste del Mississippi, la majestad y la belleza de la creación vencieron mi resistencia. Comprendí que la búsqueda había llegado a su fin. A la mañana siguiente, a la salida del sol, me arrodillé sobre la hierba húmeda y me rendí a Jesucristo" [2].
Uno piensa en la palabra de Cristo: "Nadie va al Padre si no es por medio de mí". Sólo en Él, Dios se hace accesible y creíble. Gracias a esta fe reencontrada, el momento del descubrimiento del genoma humano fue, al mismo tiempo, dice él, una experiencia de exaltación científica y de adoración religiosa.
La conversión de este científico demuestra que el evento de Damasco se renueva en la historia; Cristo es el mismo hoy y entonces. No es fácil para un científico, especialmente para un biólogo, declararse hoy públicamente creyente, como no lo fue para Saulo: se corre el riesgo de ser inmediatamente "expulsados de la sinagoga". Y, de hecho, es lo que sucedió al profesor Collins, que por su profesión de fe tuvo que sufrir los dardos de muchos laicistas.
4. De la presencia de Dios a la presencia de Cristo
Me queda por decir algo sobre otro punto: qué tiene que decir el ejemplo de Pablo para la vida espiritual de los creyentes. Uno de los temas más tratados en la espiritualidad católica es el del pensamiento de la presencia de Dios [3]. Son incontables los tratados sobre este argumento desde el siglo XVI hasta hoy. En un o de ellos se lee: "El buen cristiano debe habituarse a este santo ejercicio en todo tiempo y en todo lugar. Al despertar, dirija enseguida la mirada del alma a Dios, hable y converse con Él como su amado Padre. Cuando camina por las calles, tenga los ojos del cuerpo bajos y modestos, elevando los del alma a Dios" [4].
Se distingue "el pensamiento de la presencia de Dios" del "sentimiento de su presencia": el primero depende de nosotros, el segundo es en cambio don de gracia que depende de nosotros. (Para san Gregorio Niceno "el sentimiento de la presencia" de Dios, la ‘aisthesis parousia', es casi sinónimo de experiencia mística)
Es una visión rígidamente teocéntrica que, en algunos autores, llega incluso al consejo de "dejar a un lado la santa humanidad de Cristo". Santa Teresa de Jesús reaccionará enérgicamente contra esta idea que reaparece periódicamente, desde Orígenes en adelante, en el cristianismo tanto oriental como occidental. Pero la espiritualidad de la presencia de Dios, también después de la Santa, seguirá siendo rígidamente teocéntrica, con todos los problemas y las aporías que derivan de ella, puestas de relieve por los mismos autores que tratan de ellas [5].
En este sentido, el pensamiento de san Pablo nos puede ayudar a superar la dificultad que ha llevado al declive de la espiritualidad de la presencia de Dios. Él habla siempre de una presencia de Dios "en Cristo". Una presencia irreversible e insuperable. No hay un estadio de la vida espiritual en el que se pueda prescindir de Cristo, o ir "más allá de Cristo". La vida cristiana es una "vida oculta con Cristo en Dios." (Colosenses 3,3). Este cristocentrismo paulino no atenúa el horizonte trinitario de la fe sino que lo exalta, porque para Pablo todo el movimiento parte del Padre y vuelve al Padre, por medio de Cristo en el Espíritu Santo. La expresión "en Cristo" es intercambiable, en sus escritos, con la expresión "en el Espíritu".
La necesidad de superar la humanidad de Cristo, para acceder directamente al Logos eterno y a la divinidad, nacía de una escasa consideración de la resurrección de Cristo. Ésta era vista en su significado apologético, como prueba de la divinidad de Jesús, y no suficientemente en su significado mistérico, como inicio de su vida "según el Espíritu", gracias a la cual la humanidad de Cristo aparece ya en su condición espiritual y, por tanto, omnipresente y actual.
¿Qué se deriva de esto a nivel práctico? Que podemos hacer todo "en Cristo" y "con Cristo", ya sea que comamos, que durmamos, que hagamos cualquier otra cosa, dice el Apóstol (1 Corintios 10, 31). El Resucitado no está presente sólo porque pensemos en Él sino que está realmente junto a nosotros; no somos nosotros quienes debemos, con el pensamiento y la imaginación, trasladarnos a su vida terrena y representarnos los episodios de su vida (como se trata de hacer con la meditación de los "misterios de la vida de Cristo"); es Él, el Resucitado, el que viene hacia nosotros. No somos nosotros quienes, con la imaginación, tenemos que hacernos contemporáneos de Cristo; es Cristo el que se hace realmente nuestro contemporáneo. "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". (A propósito, ¿por qué no hacer inmediatamente un acto de fe? Él está aquí, en esta capilla, más presente que cualquiera de nosotros; busca la mirada de nuestro corazón y se alegra cuando la encuentra).
Un texto que refleja maravillosamente esta visión de la vida cristiana es la oración atribuida a san Patricio: "¡Cristo conmigo, Cristo ante mí, Cristo tras de mí, Cristo en mí! Cristo debajo de mí, Cristo sobre mí, Cristo a mi derecha, Cristo a mi izquierda!"[6].
¡Qué nuevo y más alto significado cobran las palabras de san Luis María Griñón de Montfort, si aplicamos al "Espíritu de Cristo" lo que él dice del "espíritu de María":
"Debemos abandonarnos al Espíritu de Cristo para ser movidos y guiados según su querer. Debemos ponernos y permanecer entre sus manos como un instrumento en las manos de un obrero, como un laúd entre las manos de un hábil instrumentista. Debemos perdernos y abandonarnos en él como piedra que se lanza al mar. Es posible hacer todo esto simplemente y en un instante, con una sola ojeada interior o un leve movimiento de la voluntad, o incluso con alguna breve palabra" [7].
5. Olvido del pasado
Concluyamos volviendo al texto de Filipenses 3. San Pablo acaba sus "confesiones" con una declaración:
" Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús" (Filipenses 3, 13-14).
"Olvido lo que dejé atrás". ¿Qué pasado? ¿El de fariseo del que habló antes? ¡No, el pasado de apóstol en la Iglesia! Ahora la ganancia a considerar pérdida es otra: es justo el haber ya de una vez considerado todo pérdida por Cristo. Era natural pensar: "¡Que valor tiene Pablo: abandonar una carrera de rabino tan bien iniciada por una oscura secta de galileos! ¡Y qué cartas escribió! ¡Cuántos viajes emprendió, cuántas iglesias fundó!".
El Apóstol intuye el peligro mortal de introducir entre sí y Cristo una "justicia propia", derivada de las obras --esta vez, las obras realizadas por causa de Cristo--, y reacciona enérgicamente. "No considero --dice-- haber llegado a la perfección". San Francisco de Asís, hacia el final de su vida, cortaba por lo sano toda tentación de autocomplacencia, diciendo: "Empecemos, hermanos, a servir al Señor, porque hasta ahora hemos hecho poco o nada" [8].
Esta es la conversión más necesaria para quienes ya han seguido a Cristo y han vivido a su servicio en la Iglesia. Una conversión sumamente especial, que no consiste en abandonar el mal, sino, en cierto sentido, ¡en abandonar el bien! Es decir en tomar distancia de todo lo que se ha hecho, repitiéndose a sí mismos, según la sugerencia de Cristo: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer" (Lucas 17,10).
Este vaciarnos las manos y los bolsillos de toda pretensión, en espíritu de pobreza y humildad, es el modo mejor para prepararnos a la Navidad. Nos lo recuerda un simpático cuento navideño que me complace citar de nuevo. Narra que, entre los pastores que corrieron la noche de Navidad a adorar al Niño había uno tan pobrecillo que no tenía nada que ofrecer y se avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos competían en ofrecer sus dones. Mar&ia cute;a no sabía cómo hacer para recibirlos todos, teniendo en los brazos al Niño. Entonces, viendo al pastorcillo con las manos libres, cogió a Jesús y se lo confió. Tener las manos vacías fue su fortuna y, a otro nivel, será también la nuestra.
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[1] J.-P. Sartre, Il diavolo e il buon dio, X,4 (Parigi, Gallimard 1951, p. 267.).
[2] F. Collins, The Language of God. A Scientist Presents Evidence for Belief, pp. 219-255.
[3] Cf. M. Dupuis, Présence de Dieu, in D Spir. 12, coll. 2107-2136.
[4] F. Arias (+1605), cit. da Dupuis, col. 2111.
[5] Dupuis, cit., col 2121: "Se l'onnipresenza di Dio non si distingue dalla sua essenza, l'esercizio della presenza di Dio non aggiunge al tradizionale tema del ricordo di Dio, se non un sforzo immaginativo".
[6] "Christ with me, Christ before me, Christ be hind me, Christ below me, Christ above me, Christ at my right, Christ at my left".
[7] Cf. S. L. Grignon de Montfort, Trattato della vera devozione a Maria, nr. 257.259 (in Oeuvres complètes, Parigi 1966, pp. 660.661).
[8] Celano, Vita prima, 103 (Fonti Francescane, n. 500).
[Traducción del original italiano por Nieves San Martín]
FUENTE : www.zenit.org/
ENVÏÓ : PATRICIO GALLARDO VARGAS.